16 noviembre, 2025
El problema inagotable
Habitar un presente distópico
Navegas entre los titulares en tu pantalla, tal vez estés viendo la televisión con los titulares del día, o quizás sea la radio la que está encendida y te acerca la actualidad. La realidad del mundo te golpea: perturba, duele, indigna, entristece, te atraviesa. Se despliega ante ti un repertorio casi rutinario de horrores.
Purgas de migrantes en Estados Unidos, donde también avanza el desmantelamiento de sus propias instituciones. Muertes en Gaza, en Yemen, en Ucrania, y en tantos otros lugares que ya apenas ocupan titulares. Neofascismo que se incrusta en gobiernos de todo el mundo, y también en la gente común. Estados que siguen negándose a reducir emisiones mientras el clima colapsa delante de nosotros. Un político que continúa eludiendo cualquier responsabilidad, incapaz de dar una respuesta un año después de las 229 muertes en Valencia. Un nuevo escándalo de corrupción. Un nuevo proyecto para perforar el Amazonas. Un derecho más que se cuestiona, se recorta o directamente se niega. Cuerpos ahogados en el Mediterráneo, muertes en las fronteras, personas desaparecidas en rutas migratorias que ya no alcanzan a contarse. Y en la escala más íntima, que, sin embargo, es también la global, adolescentes que se suicidan por bullying, violaciones grupales, maltrato infantil, violencia machista, agresiones LGTBfóbicas, crímenes de odio, soledades, daño, odio, maldad.
Realidades que producen la sensación de estar viviendo en una distopía. En efecto, resuenan ecos de muchas obras. Es difícil no pensar en 1984: vigilancia, convertida hoy en autovigilancia, control, manipulación. Lo real se fabrica, como ya señalaba Giambattista Vico en 1710 y recuerda Hito Steyerl: verum factum: la verdad es algo que se produce, se construye por relaciones sociales de poder. Hoy, en la era de la posverdad y de la irrupción masiva de la IA, esa producción adquiere dimensiones más grotescas y perversas.
Pero también tenemos distracción constante, incapacidad de concentración, dopamina a golpe de scroll, una suavidad anestésica que funciona como mecanismo de control. ¿Cómo no transportarnos a Un mundo feliz? ¿O a Fahrenheit 451, con la censura, pero también la renuncia voluntaria a pensar, el abandono de la complejidad en favor del confort? Pienso en Hijos de los hombres, ciudadanos y no-ciudadanos, vidas que merecen ser protegidas y vidas que se asumen sacrificables, una arquitectura que recuerda demasiado a la organización del sistema-mundo que habitamos con su jerarquía de existencias.
En un registro distinto resuena El cuento de la criada: el fanatismo y fundamentalismo religioso, tan ruidoso hoy en Estados Unidos, la reducción de la mujer a su potencial reproductivo, el uso de Dios y de la biblia para justificar lo injustificable. Ursula K. Le Guin lo retrató de manera brillante en Los desposeídos y La mano izquierda de la oscuridad: no hay mundos “neutros”, solo mundos atravesados por relaciones de poder que damos por naturales. Y también con lucidez lo supo capturar Octavia Butler en La parábola del sembrador: comunidades intentando sobrevivir en un paisaje de colapso climático, desigualdad radical y violencia estructural.
La ficción nos ofrece imágenes, metáforas y anticipaciones que nos permiten aproximarnos a nuestra realidad, comprender o al menos intuir lo que está pasando. No porque los mundos inventados sean profecías, sino porque nos devuelven preguntas que nuestra actualidad ha dejado de hacerse. Frente al ruido y la saturación, la literatura especulativa funciona no solo como un espejo revelador, sino como un espacio para imaginar otras realidades posibles y deseables, otros presentes y futuros.
Pero vuelvo al tema: el dolor, la confusión ante todo esto que nos llega. La proliferación de la violencia, del desprecio y de la deshumanización en los discursos políticos, en las redes sociales, en los gobiernos y su necropolítica, su amenaza a que las vidas puedan ser bien vividas. Me persigue y me detengo. Me obsesiono con los porqués de esa crueldad y del sadismo cotidiano.
Pensar la maldad me parece hoy una tarea urgente, aun partiendo de la base de que es un fenómeno incapturable, inabordable, inagotable. Pero no por ello debemos renunciar a pensarla; necesita ser pensada, aunque sea para ver cómo se escapa a nuestra comprensión.
¿Qué tiene que ver la maldad conmigo?
Una investigación —también una investigación en abierto, como este blog— siempre tiene que ver, de algún modo u otro, con quien la hace. No empiezo desde un lugar neutro. Por eso, para esta primera entrada, quiero situar mi relación con el tema sobre el cual en este espacio investigo, reflexiono y escribo.
Recuerdo ir de niña al museo de cera de Madrid. Se me quedaron grabadas las imágenes de la sala de torturas: una rueda, una jaula estrecha, un cuerpo empalado. Repulsión y fascinación al mismo tiempo. Creo que en casa había un libro del museo con fotografías de esas escenas. El deseo de mirar, el terror de hacerlo. No poder apartar la mirada y, al mismo tiempo, pensar: ¿cómo? ¿Cómo es posible que esto existiera? ¿Cómo es posible que humanos hicieran esto a otros humanos?
Años más tarde fuimos al museo de las torturas de Guadalix. Me fascinaba (de nuevo, mezcla entre fascinación y repulsión) la creatividad del ser humano a la hora de infligir mal a otros: instrumentos para arrancar intestinos, mecanismos para desgarrar, quemar, aplastar. Preguntaba a mi padre, y él me explicaba otras formas de tortura: la rata forzada a cavar en el cuerpo, la jaula en la cara. Y otra vez la pregunta insistente: ¿cómo puede alguien hacer esto a otro ser humano?
En el colegio, en primaria, nos mandaron hacer un trabajo sobre la Edad Media. Mi compañera y yo nos lanzamos a buscar información en internet, una de las primeras veces que usábamos ordenadores. Yo me quedé atrapada, sobre todo, en el apartado de torturas. Tenía algo de agujero negro, algo magnético y aterrador.
No era solo con los humanos. Recuerdo otros episodios como la primera vez que vi una corrida de toros en la tele, o aquella imagen en un telediario de un hombre, grabado por un vecino, golpeando a su perro con un palo. De nuevo, la pregunta ante lo que se nos hace insoportable: ¿Cómo es posible algo así? De nuevo, la pregunta ante lo insoportable: ¿cómo es posible algo así? Quizá hoy no parezcan eventos “tan graves”, porque con los años sigues viendo escenas dantescas (aunque sin llegar nunca a la anestesia). Pero creo que esas primeras imágenes que impactan quedan grabadas de un modo distinto, en un registro más profundo, por su intensa carga afectiva.
Más adelante, ya en la adolescencia, me interesé por algunos experimentos de psicología social, como el experimento de Milgram o la cárcel de Stanford. ¿Cómo asumían ese rol? ¿Por qué actuaron como actuaron? ¿Yo qué habría hecho? No había el boom del true crime que existe en nuestros días, pero recuerdo leer, no sabría decir muy bien cómo llegué a ello, algunos casos que también me sacudieron como el de Sylvia Likens: torturada durante tres meses y asesinada por su cuidadora, varios de sus hijos, amigos y vecinos. Me impactaba ese contagio, ese sumarse a la maldad. La pregunta que me reconcomía —y aún me acompaña— era: ¿cualquiera sería capaz de cometer ese tipo de actos? ¿Cualquiera puede llegar a hacer cualquier cosa?
Años después, era otra cosa la que me removía y golpeaba. Tal vez leía sobre las violaciones de guerra, las escuchaba en un tour en Berlín o me golpeaban desde la película Ciudad de vida y muerte, sobre la guerra entre China y Japón. La pregunta, entonces: ¿Cualquier hombre puede violar a mujeres en una guerra?
Y así, a lo largo de los años, en distintos episodios —una noticia, un libro, un documental, un testimonio— reaparecía la pregunta y me quedaba enredada en ella, tratando de entender ese mal potencial que albergamos, necesitando averiguar si cualquiera sería capaz de cometer esos actos atroces, los que fueran que hubiera conocido en el momento.
Es algo que abordaré en otras entradas. Por ahora solo adelanto lo que fue mi intuición o hipótesis, no sé hasta qué punto también mi deseo: que no, que no todos lo haríamos. No es incompatible con reconocer que no sabemos de qué seríamos capaces según las circunstancias o las historias de vida. Tener la capacidad no significa que todos actuaríamos igual. La historia lo demuestra. Pero la pregunta sigue atravesándome.
Sadismo, crueldad, hacer el mal. Con el tiempo he empezado a distinguir algunas cosas. No es lo mismo hacer daño que hacer el mal, ni hacer el mal que hacerlo con sadismo. Un verdugo puede “cumplir órdenes” y causar daño sin obtener placer, incluso con angustia o culpa. Hay quienes han hecho mal por obediencia, por miedo, por supervivencia, por presión estructural. No son casos que eviten las preguntas: ¿qué habría hecho yo? ¿qué haría cualquiera en sus circunstancias? Al contrario, justamente estos casos donde hay una obediencia, una supervivencia, son un terreno fértil para la investigación.
Pero mi mayor incógnita, lo que realmente me inquietaba, es que cuando en esa obediencia sí se disfruta, se recrea en el mal. Ahí aparece el sadismo. Llegamos a lo que más me ha atrapado en este terreno tan amplio: cuando no se trata solo de dañar, sino de buscar dañar, humillar, violar, vejar y obtener placer con ello. El goce del mal. Me atrapa porque se me escapa, por lo impensable.
Cuanto más intento comprender ese goce, más se aleja. Creo que, en cierto sentido, las personas “corrientes”, los neuróticos, no llegamos a comprenderlo del todo: nos excede, nos resulta intolerable. Y justo ahí, en ese punto donde el pensamiento se quiebra, es donde me interesa detenerme. Porque, al mismo tiempo, hay un grado de reconocimiento, algo de nosotros en ello —o algo de ello en nosotros. El sadismo como un rasgo posible de lo humano. Por eso perturba, por eso repele y a la vez atrae: porque nos concierne, porque nos toca. Este es el lugar desde el que parto: me fascina y me da miedo precisamente porque habla de lo humano, porque me interpela.
¿Qué encontrarás en este espacio?
Este espacio será un lugar con entradas que aborden cuestiones como:
- Mi hipótesis principal: pensar la maldad no como una esencia (“ser malo”), sino como un hacer mal, como una capacidad humana, como un afecto que circula y se activa en determinadas condiciones.
- Figuras del mal: cada momento histórico erige sus perversos oficiales, sus monstruos. Exploraré cómo se construyen esas figuras abyectas —el monstruo, la bruja, el homosexual, el extranjero, el terrorista— y qué dicen de la sociedad que las produce.
- Genealogía de la maldad: intentaré delinear cómo distintas épocas y culturas han entendido el mal: del caos y el desorden al pecado cristiano; de la ausencia de bien a las formas modernas de violencia institucionalizada.
- Comprender la maldad: mecanismos psicológicos y sociales como la racionalización, la deshumanización, la justificación. La obediencia, el mal en nombre del bien, la violencia ejercida para imponer un orden moral, social o religioso.
- El mal hoy: maldad en la era digital, linchamientos, crueldad en redes, neofascismos; conflictos contemporáneos, racismo y xenofobia como máquinas de producción del “otro”.
Todo ello desde un enfoque híbrido: me acerco al fenómeno de la maldad desde la filosofía, la teoría crítica, el feminismo, el psicoanálisis, la sociología, la antropología, la literatura, y la estética y el arte.
Pero, al mismo tiempo, me permitiré que sea también un espacio para escrituras más rápidas y viscerales, relacionadas con la maldad que vemos en nuestro día a día: a veces más banal y sutil, otras más desbordante e indigesta; casi un archivo de la maldad: un intento de hacer de la escritura un modo de elaborar aquello impensable e intolerable.
Si te quedas por aquí, caminaremos juntos por este terreno pantanoso, sabiendo que comprender la maldad es un ejercicio tan imposible como necesario, confiando en que pensarla nos permita no naturalizarla y saber algo más de nosotros mismos en estos tiempos de ecos distópicos.